Un giro del destino y una decisión guiada por la prudencia salvaron a diez argentinos y a una de las piezas más valiosas de la historia automotriz mundial. Se trata del Rolls-Royce Silver Ghost 40/50 HP fabricado en 1910, un vehículo de ultra lujo perteneciente a la destacada familia Pereyra Iraola, el cual estuvo a punto de ser embarcado en el viaje inaugural del insigne Titanic en abril de 1912.
La peripecia había comenzado en mayo de 1910, cuando Laura Pereyra Iraola emprendió una extensa travesía por Europa junto a sus hermanos Leonardo y Sara, su cuñada María Teresa Lamarca, seis sobrinos y un sacerdote. El trayecto combinaba objetivos culturales, turísticos y de innovación tecnológica para las explotaciones ganaderas del clan. Para desplazarse con total libertad por el Viejo Continente, encargaron este automóvil especial: motor y chasis concebidos en la Inglaterra eduardiana y una carrocería tipo open-drive limousine ejecutada en Francia por la firma Rothschild.
Equipado con un motor de seis cilindros en línea, caja manual de tres velocidades y una cilindrada de 7428cc, el vehículo recorrió más de trece ciudades en países como Inglaterra, Francia, Italia, Alemania, Países Bajos, Bélgica, Suiza y Escocia, llegando incluso a posar frente al Coliseo y en la mismísima Plaza de San Pedro en el Vaticano.
Tras dos años de recorrido, el grupo planeaba cruzar el Atlántico rumbo a Nueva York a bordo del colosal transatlántico de la White Star Line, llevando el Rolls-Royce en las bodegas. Sin embargo, el avanzado embarazo de ocho meses de María Teresa Lamarca —quien daría a luz en París a Antonio, apodado desde entonces "El Francesito"— motivó la cancelación del pasaje. Aquella cancelación providencial entre el 14 y el 15 de abril de 1912 evitó que la familia y la reliquia terminaran en el fondo del mar.
El regreso a la Argentina se concretó finalmente en diciembre de 1912. El coche fijó residencia en la mansión familiar de Esmeralda 1212 (actual Cancillería argentina) y más tarde en la estancia Abril, en Berazategui. A lo largo de las décadas, la familia rechazó constantes ofertas de compra, incluidas propuestas de coleccionistas de Estados Unidos y de la propia fábrica Rolls-Royce.
Hoy, custodiado por sus actuales guardianes Jorge y Fabián Pereyra Iraola, tras el meticuloso cuidado que le brindó Luis Pereyra Iraola en Ayacucho hasta su fallecimiento en diciembre de 2025, el histórico vehículo se exhibe por primera vez ante el público en la exposición Autoclásica, desplegada en el Hipódromo de San Isidro.
Con información de La Nación.

