En plena ebullición del debate sobre si la inteligencia artificial reemplazará o potenciará la creatividad, conviene mirar hacia el pasado. La pregunta sobre si el arte humano y el tecnológico pueden coexistir armónicamente no es una novedad de nuestra era digital. De hecho, existen hitos fascinantes que demuestran que este cruce de caminos comenzó a gestarse hace seis décadas, buscando expandir los límites de la co-creación en lugar de decretar la muerte de la imaginación humana.

Para entender el origen de esta relación, debemos remontarnos a 1964. En aquel año, el ingeniero estadounidense Michael Noll, considerado uno de los grandes pioneros del arte digital, llevó adelante un experimento revolucionario que cruzó la pintura abstracta con los primeros algoritmos. Noll tomó como base la célebre obra “Composición con líneas”, pintada en 1917 por el maestro neerlandés Piet Mondrian, la cual se caracteriza por sus intersecciones de líneas verticales y horizontales que configuran una estructura circular.

El experimento consistió en poner cara a cara dos imágenes: la pintura original de Mondrian y una réplica generada por computadora. Para recrear la pieza, Noll utilizó una programación basada en números pseudoaleatorios con propiedades estadísticas. El propósito era directo y provocativo: evaluar si el ordenador era capaz de imitar con éxito la obra abstracta y analizar de qué manera reaccionaba el público ante ambas versiones.

Los resultados de la prueba, que incluyó a 100 participantes expuestos a reproducciones en blanco y negro de ambas piezas, fueron asombrosos. Un total de 59 personas manifestaron preferir la imagen creada por la computadora, mientras que apenas 28 lograron identificar correctamente cuál era el cuadro real pintado por Mondrian. La gran mayoría se inclinó por la versión de la máquina al considerarla visualmente más atractiva.

Según las conclusiones de Noll, esta sorpresiva elección se debió a que la versión informática resultó ser un poco menos estática que el óleo original de 1917. Los observadores tendieron a asociar ese dinamismo visual con la calidez y la impronta de la creatividad humana, confundiéndose por completo al momento de discernir el origen de cada obra.

Traer a escena este hito histórico nos invita a desarmar los prejuicios actuales. Como señala la especialista en la materia —doctora en Teoría Comparada de las Artes por la UNTREF e investigadora del CONICET—, la relación entre humanos y tecnología nunca es lineal ni neutral. Superar las posturas extremas entre el miedo a la técnica (tecnofobia) y la adoración ciega (tecnofetichismo) abre un terreno fértil para repensar cómo las nuevas herramientas pueden, una vez más, enriquecer nuestra propia capacidad creadora.

Con información de Clarín.